martes, 2 de junio de 2009

De Valencia al infinito (1ª parte)

El techno nacional (lo que popularmente se conoció como “bacalao”) siempre ha tenido mala imagen. De hecho, la escena valenciana (sí, una escena, con todas las connotaciones del término) y su extensión por la península murió, primero, de éxito y luego, también, por su propia imagen poco o nulamente cool frente a otras escenas de los 90 como la indie –con Alfaro y sus Surfin´Bichos-, que resistió mejor en términos de imagen y madurez. Porque, eso sí, la escena valenciana era inmadura, hedonista y plagada –teóricamente- de drogas hasta el exceso (otro de sus males y clichés). El seguidor de esta música mezcla de techno duro alemán y sonido ibicenco (especialmente en su lado más soft, con canciones electrónicas con estribillos y voces pop) sobrevivió a amigos enganchados (en general los adictos a anfetaminas y derivados –speed, etc.- no suelen serlo tanto en comparación a otros –heroína, cocaína fumada…-), idas de olla (hubo muchos, muchísimos enfermos mentales que pagaron los excesos de la noche -yo mismo he visto llorar infinidad de veces a algunos de esos bailarines-) y la sensación de perder algo. De hecho, la noche ya nunca fue igual.
Valencia era la meca y el punto central de todo. Las personas bailaban hasta la extenuación, no dormían en todo en un fin de semana y el lunes iban a trabajar o estudiar forzosamente. Se rozó el tener a toda una generación esquizofrénica e hiperactiva (además de sorda). Pero, también, y esto suele olvidarse, es una de las ocasiones más próximas que hemos tenido de poseer una escena propia underground y medianamente masiva (cualquiera que haya estado en una fiesta techno de los 90, la recordará como malsana y totalmente novedosa en este país –parecía ciencia ficción-). Los punks en el Reino Unido con algo similar hicieron su seña de identidad y lo han venido vendiendo desde entonces. Lo que ocurre es que no me imagino a nadie yendo a ACTV a hacerse una foto con un desfasado (pero, fijaos, yo también caigo en tópicos –es un momento tópico, de hecho, no es casualidad que en la memoria colectiva quedase Chimo Bayo y no otros creadores de más enjundia-). De hecho, ha sido una de las pocas escenas que ha provocado sonrojos a sus participantes (daba la sensación que no tenía validez por sí misma) y que era, más bien, un pasatiempo lerdo y casi analfabeto. Bailar, que yo sepa, junto al amor o el sexo, es lo más revolucionario que se puede hacer durante la noche (que se lo pegunten sino a la población negra norteamericana y a sus continuas revueltas). A mi juicio, se fomentó una imagen palurda de todo ello, además de infectada radicalmente por las drogas, cuando en realidad -y creo no exagerar- la mayoría no consumía drogas. Además, ha sido lo más cercano a una reacción juvenil ante un mundo plano y alienante en esto que llamamos España. Parece que todos decían: el fin de semana es para descansar (para tomar un poco de aire y continuar), pues no, bailemos como si fuese a terminarse el mundo. Si uno lo piensa bien, interesaba desacreditarlo. Una generación moviéndose (y sí, disfrutando también –aunque luego se le culpara por ello-).


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